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Jesús Mosterín: El pensamiento arcaico

Antes de que surgiese el pensamiento filosófico, hace unos veinticinco siglos, los seres humanos llevaban ya mucho tiempo pensando y tratando de orientarse en el mundo que les rodeaba. Pero sólo tras la introducción de la escritura, las ideas dejan huellas visibles que en algunos casos (que dJesus Mosterin. El pensamiento arcaicoesgraciadamente son los menos) resisten el paso del tiempo y llegan hasta nosotros. Afirmamos que hay pensamiento desde que hay animales pensantes.

En cierto sentido, todos los animales superiores piensan, pero se trata de diferencicar entre un pensamiento preconceptual de uno conceptual, esto es, mediado por el lenguaje. La diferencia estriba en la articulación de símbolos arbitrarios. El pensamiento preconceptual consistiría en una serie de coordinaciones sensomotrices de imágenes, recuerdos, impulsos y movimientos mediados por los programas del cerebro. De este modo prelingüístico o preconceptual, nosotros también jugamos al tenis o conducimos un automóvil.

Gilbert Ryle hizo la ya su célebre distinción entre to know that  y to know how , lo que en castellano diríamos “saber que A” y “saber  hacer”. En alemán -lengua que no siendo románica, aunque sí filosófica, sabe emplear los recursos de su propia lengua y los del latín, para establecer distinciones conceptuales muy importantes, no por casualidad, la producción filosófica alemana ha sido siempre muy superior en número y en ingenio al resto de lenguas, incluido el inglés- se distingue entre los verbos wissen (saber) y können (conocer).

El “saber que A”, to know that, wissen es algo lingüístico, que presupone la articulación simbólica de ciertos rasgos de la experiencia. El saber hacer, to know how, können es algo no lingüístico, consistente en la posesión de cierta habilidad psicomotriz. Podemos definir el pensamiento lingüístico como la capacidad de articular simbólicamente su experiencia.

Aunque todos los animales superiores actuales pueden pensar en otros sentidos, solo los humanos somos capaces de hablar o de pensar simbólicamente, lingüísticamente, conceptualmente. No hay pensamiento de este tipos sin lenguaje, ni lenguaje sin este tipo de pensamiento. Por tanto la respuesta a una posible pregunta por el origen del pensamiento lingüístico se respondería a partir de la respuesta por el origen del lenguaje. El pensamiento por el que se interesa la historia del pensamiento es el pensamiento articulado, simbólico, lingüístico; aquel pensamiento que se articula en proposiciones y, sólo, posteriormente se plasma por escrito.

Se afirmaría entonces, al menos de un modo indirecto, que la historia del pensamiento es una historia sesgada y parcial, puesto que es menor la producción de aquel pensamiento que se plasma por escrito, que no aquel pensamiento que surge sin la necesidad de la escritura.

El lenguaje y el pensamiento lingüístico son instrumentos formidables para enfrentarnos a los problemas que nos presenta la vida y el entorno para resolverlos colectivamente y para satisfacer nuestras necesidades. El uso del lenguaje y del pensamiento simbólico, a diferencia de la percepción y de las habilidades sensomotrices,  no conoce fronteras. No sólo nos sirve para describir lo que vemos, sino también para inventar y describir lo que no vemos, lo real y lo irreal, lo posible y lo imposible. No sólo nos sirve para acertar, sino también para errar.

Es imposible saber, y siempre consistirá un misterio, cuando el hombre empieza a articular simbólicamente su experiencia, es decir, a pensar. No queda ningún rastro de ello, pero sí podemos investigar las huellas que dejan los efectos del pensamiento simbólico. Entre ellas podemos destacar que en un momento dado de la (pre)historia el hombre empieza a enterrar a sus muertos. Por primera vez ya no dejan a sus congéneres a merced de los carroñeros y los entierran con regalos y ceremonias. Este hecho nos hace presuponer la existencia de un lenguaje plenamente desarrollado, con clara capacidad de raciocinio y extrapolación.

Así, el hombre que ha aprendido a preguntar quién ha lanzado la piedra que acaba de golpearle la espalda, preguntará también quién ha lanzado el rayo que acaba de caer en el bosque y pronto razonará (quizás) que si la piedra se la ha lanzado un compañero  enfadado con él, también el rayo habrá sido lanzado por alguien poderoso y enfadado. Y se planteará el inédito problema de cómo aplacar el enfado de tan misterioso personaje.

Los hombres articulaban lingüísticamente el mundo de su experiencia que pensaban simbólicamente y que asignaban palabras a los conceptos con los que pensaban. Con esos conceptos y palabras pensarían y comunicarían  sus conocimientos articulados, sus saberes.

La primera forma de plasmación en el lenguaje fue el mito. Los mitos eran recitados y contribuían a mantener el orden del univeros, a que las acciones en ellos narradas se repitiesen y renovasen constantemente, poniendo así coto al caos, al desorden, a lo incomprensible y oscuro, que por todas partes amenazaban la vida de los hombres.

 


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